Con singular alegríaOpinión

21-01-21

Con singular alegría

Extraño caso. Ayer a las 21.21 horas, fue también el día 21, del año 21, del siglo 21. Claro, del mes uno. Y esto no se trata de pedir un deseo e imaginar que hecho está. Porque el único que podría pensarse, sería el de no estar contagiado con el virus. Y si es ese, yo lo pido con toda mi alma. Salud para todos.

La noticia dio la vuelta al mundo, llegó al país más importante del universo entero, un hombre que, mientras lo oía decir su discurso en varias estaciones de la televisión, pensaba también, que nunca en la vida, se había podido imaginar, que sería el presidente 46 de América, como ellos la llaman. Así de simple, así de claro. Un hombre sencillo que venía de Delaware, lugar plagado de esperanzas y posibilidades ilimitadas.

Un hombre muy mayor ya. 78 años. Un hombre que tiene el pelo blanco y cada cana con una gran experiencia. Sonrisa bonita. Alto, delgado, con ojos de credibilidad. Un hombre que ha sufrido cosas verdaderamente espantosas, desde que estaba por ser senador. Entonces, perdió a su esposa y a una hija en un accidente una navidad. Padre de cuatro hijos: Naomi+, (que murió al año de nacida), Hunter, Beau+ (me da mucha tristeza que no esté, porque podríamos estar introduciéndolo como presidente a él, dijo Joe), y Ashley.

Esposo de Jill Biden, profesora de inglés de un colegio comunitario en Virginia, con dos maestrías y un doctorado; ex esposo  de Nelia Hunter, compañera de la carrera, que murió en ese accidente de coche junto con su hijita Naomi; católico, abogado y político; senador varias veces por muchos años; miembro del partido demócrata; apoyador de las mujeres: introdujo y apoyó la ‘Ley de violencia contra las mujeres’; compañero de fórmula de Kamala Harris, primera mujer en ocupar una vicepresidencia en Estados Unidos; hombre con un perfil estable y con una singular sonrisa que inspira confianza.

Es difícil en un artículo describir a quien será cuatro años presidente del más poderoso país del orbe. El que cree en Dios y va a una iglesia católica; el que le dijo a los americanos que quiere ser el presidente de todos, no solo de los demócratas. El que ofrece la mano y una tregua a los migrantes; a quienes estudian allá y son de padres extranjeros; a los que veían en el muro a un soldado de plomo situado entre el norte y el centro del continente; a uno por quien no votaron muchos millones de americanos. Al que hace diez días se le vino un mil y un votantes que no simpatizaban con él y le deshicieron la casa de los diputados y senadores: el Capitolio.

Y allí estaba: feliz y muy abrazado. Acompañado por muchos, pero no por todos los que algún día sin pandemia, pudieron haber estado. Por los Obama y por los Bush y los Clinton. Sin que nadie le pusiera en ese momento, un pie para que se cayera. Los militares en primera fila.

Toma de protesta digna, que tuvo enfrente a millones de espectadores que quieren luchar en un país, que no es el suyo, que tiene a 32 millones de latinos, muchos de ellos mexicanos, esperando, como dijo JLo: ¡Una nación, bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos!… Así sea.  

ASME

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